Ante la encrucijada, la respuesta es más y más democracia: una consulta popular

Hay una máxima de la política que vuelve una y otra vez cuando las crisis estallan en sociedades como la colombiana: ¿qué hacer ante las encrucijadas que nos plantea la democracia?

Y hablamos de ‘encrucijada’ porque, luego de más de un mes de grandes manifestaciones, del anuncio del Comité de Paro de suspenderlas temporalmente y de un gobierno sordo, las peticiones de los millones de colombianos siguen latentes. Entramos a un estadio de ‘reclamación fría’, que en cualquier momento volverá a hervir en las calles con mucha más fuerza y con grandes riesgos.

Una economía que privilegia a la cúspide de la pirámide, un desempleo que no para de crecer, con cifras extremadamente altas de informalidad; una desconexión absoluta entre sociedad y Estado y unos jóvenes que no se sienten representados; una brutal desigualdad, una pobreza aberrante y una pandemia ante la que ni el país ni el mundo tenían una respuesta, no son sino algunos de los factores que llevaron a que el país estallara, saliera a las calles y le reclamara al Estado por lo que ha hecho, pero sobre todo por lo que ha dejado de hacer durante décadas.

Colombia vivía (¡vive!) un estado de las cosas perfecto en el que se gestó un descontento social de tan profundas dimensiones. Las calles se llenaron de gentes que aman a su país y que luchan por un futuro posible; que exigen respuesta de un Gobierno que les respondió con fuerza desproporcionada, con represión, con indolencia. Mientras tanto, la clase política tradicional pareciera hacer agua en intentos desesperados por no naufragar en medio de la tormenta que ella misma ayudó a crear, de la que ella misma es responsable.

Las respuestas sensatas no llegaron, lo que dio pie a que, con entusiasmo, se asomaran en el horizonte más cercano expresiones autoritarias y demagogas. En paralelo, han venido surgiendo riesgos como el de volver a estadios previos a los del Acuerdo de Paz, con la mano dura como única opción y personajes armados en las calles, evidencia de que hay sectores sociales que aún están arraigados al paramilitarismo, expresión más violenta y aberrada de nuestro pasado como nación. También se han asomado populismos que, con cantos de sirena, prometen futuros mejores a partir de lecturas radicales y mesiánicas de la realidad, en contravía a la necesidad de pensar y construir el país en conjunto, dando pasos seguros y escuchándonos como sociedad.

El panorama, aun cuando en estos días se ha vivido una relativa calma, sigue siendo crítico y para muchos observadores es desalentador. Sin embargo, aun cuando débil como la nuestra, la democracia siempre tiene salidas a sus encrucijadas: más y más democracia.

A la falta de democracia o al riesgo de perderla no se le puede contestar ni con la bota militar, ni con el fusil ni con el miedo; tampoco con discursos extremos y falaces de cambios abruptos que muy seguramente conducirán a abismos tan profundo de los que tardaremos años en salir. A los dilemas de la democracia se les debe contestar ahondando la participación, llevándola a los ciudadanos; profundizando la capacidad de escucha, tendiendo puentes entre la sociedad y el Estado. Llevando a la agenda nacional la agenda ciudadana, la agenda de las regiones, de los jóvenes, de los excluidos, de los desesperanzados, de aquellos que piensan irse de su patria porque creen que en ella no hay futuro. De quienes hoy marchan en las calles pidiendo mejor salud, empleo, pensiones dignas, respeto por los Derechos Humanos y ambientales. De todos aquellos que piden justicia y piden ser escuchados.

Afortunadamente, en Colombia, la Constitución de 1991 tiene canales de participación. Tal vez, sin saberlo, los constituyentes y todos aquellos que lucharon por un cambio de país a finales de los 80 y principios de los 90, nos estaban dejando a las futuras generaciones un ‘seguro de vida’ para este tipo de encrucijadas.

Una de ellas es la consulta popular. Creemos que llegó el momento de que los colombianos se expresen en las urnas acerca de las grandes reformas que necesita la nación y que la clase política tradicional no ha querido llevar a cabo. Es el constituyente primario el que debe expresarse para darle legitimidad a este proceso histórico que estamos viviendo. Esperar más tiempo significa alargar el descontento e incubar aún más insatisfacciones cuyas consecuencias son difíciles de calcular; pero que con seguridad nos llevarían a pérdidas irreparables como sociedad y como nación.

La renta básica, la defensa de la soberanía alimentaria, la reforma a la Policía, la educación gratuita y de calidad, el diálogo como instrumento democratizador, la descentralización real, la erradicación de los cultivos ilícitos, las pensiones, la equidad, la reforma a la justicia, entre otros, son temas que deben ser resueltos en las urnas, por los ciudadanos.

Como lo hemos dicho a lo largo de este texto: Solo ahondando la democracia y escuchando a los ciudadanos, salvaremos la democracia.